sábado, 31 de enero de 2015

RODOLFO WALSH, SUS IMPERDIBLES RELATOS SOBRE EL DELTA

Publicamos a continuación una serie de notas periodísticas que escribió Rodolfo Walsh a principios de la década del 70, en una recorrida en lancha por el Delta desde Entre Ríos hasta su casa en el río Carapachay que duró ocho días. Estas crónicas están incluidas en el volumen titulado "El violento oficio de escribir".
En ellas encontrará oficios, datos isleños, nombres conocidos, costumbres.





CLAROSCURO DEL DELTA

Una región casi tan extensa como la provincia de Tucumán espera ser conquistada por segunda vez.
Cercano y desconocido, el Delta del Paraná revive la odisea de sus pioneros.
Al último tigre lo mataron los hermanos Cepeda en tiempos de María, la contrabandista de trabuco recortado que se ahogó en el Bravo por salvar a un cristiano. Pero la memoria del tigre y los piratas se extinguió con Celestino Ceballos, cuando a los 106 años pobló por segunda vez la Boca de las Animas, lugar de su vida y de su muerte.
Antes de perderse, los paraísos perdidos crean su leyenda de terror. Cada puñalada hace su historia, cada peripecia deposita sobre el mapa una amenaza contra el forastero. Ahí están los nombres del desaliento en los arroyos y los ríos: Desengaño, Perdido, Fraile Quemado, La Horca, Hambrientos, El Diablo, Las Cruces, El Ahogado, el Arroyo del Pobre.
Pobres eran todos: criollos cazadores, pescadores, recolectores de duraznos que plantaron los jesuítas en la más ignorada de sus misiones, cuyas ruinas dejaron de verse después de que Francisco Javier Muñiz las vio en 1818 sobre el Paycarabí: nombre de un cura (pay) tal como podía pronunciarlo en guaraní el indio cuyo cráneo exhibe, entre latas de aceite y surtidores, Hermán López, concesionario de YPF en Paranacito.
Para una docena de vascos inmigrantes, la fiebre amarilla que azotó Buenos Aires hace un siglo era más temible que las islas solitarias. Se instalaron en el Carabelas, sembraron trigo y papas, plantaron álamos, pusieron una fábrica de cerámica cuya alta chimenea, emergiendo entre los ceibos cerca del Guazú, está fechada en 1877.
Ya había italianos a lo largo del Lujan, fábrica de dulces en el Espera, franceses dispersos un poco por todas partes, como aquel Blondeau, cuya casa centenaria sobrevive en Carabelas, o aquel Chamoussy, que en 1905 contó 6.987.820 álamos y sauces en el Delta entrerriano.
Por esa época, un militar holandés que volvía de Sumatra compró al gobierno provincial 2.500 hectáreas, con la promesa de radicar diez familias españolas. El matrimonio vino con una institutriz para educar a sus cuatro hijas y se marchó al poco tiempo, pero la maestra holandesa se quedó, casada con un comerciante alemán.
A los 91 años, Carolina de Seybold evoca en su castellano silabeado la fascinante aventura: el viaje en vaporcito por el laberinto de islas –desierta Venecia, multiplicada Zeeland–, la tormenta de Santa Rosa que los sorprendió en el Miní, el desembarco y el bungalow construido por John Wright, que después compró su marido y donde ella sigue viviendo sesenta y cinco años más tarde, con sus muebles europeos, su loza de Delft y sus libros en tres idiomas, que ya no puede leer porque está ciega.


LOS INVENTORES DE RÍOS

En la pensión de Cívico, en Villa Paranacito, el truco inmemorial resiste aún al televisor. Gracias a este adelanto, viajantes aburridos y periodistas despistados pudimos ver una noche cómo el hombre dejaba sus huellas en la Luna.



Almacenes no faltan para atender las necesidades de los 1.500 habitantes de Paranacito (9.000 en su zona de influencia). Se diría que sobran, que hay tres o cuatro en cada una de las siete cuadras cuya calle es el río.
La delegación de policía (como le llama la gente), construida por Wrigth en 1906, sigue enhiesta; el Banco de Entre Ríos se alza sobre pilotes; el Registro Civil registra; cuatro lanchas traen de los ríos circundantes a los trescientos veinte alumnos de la escuela, y el hospital atiende con dos médicos un radio de treinta kilómetros.
Dos colectivos diarios a Gualeguaychú y cuatro lanchas semanales de San Fernando redondean el esquema de una comunidad optimista y acaso floreciente.
Cuando Carolina de Seybold llegó en 1904 no existían más que unos franceses y los cazadores criollos.
Dos hermanos Barreiro, españoles, pusieron después un almacén con reja sobre el mostrador. Sólo en el año veinte floreció una panadería.
Tres alemanes –Sagemuller, Ostendorf y Enrique Weide– pasan por ser los pioneros de la zona. También ellos compraron 2.500 hectáreas a cuatro pesos con cincuenta cada una.
Seguían sobreviviendo cuando veinte años más tarde acudió Conrado Weide. El Ñancay era salvaje, pero ya había cuatro vecinos. Las promesas de su tío Enrique resultaron ilusorias para el joven ileso de la guerra, que había vendido su ropa y enterrado en Buenos Aires un lamentado futuro como músico en la banda de la policía:
–Tuve mucha mal trastorno –admite hoy–. Yo trabajé hasta por dos pesos, de clarar día hasta escura la noche, comiendo harina y maíz sancochao, trabajando afuera para levantar despacito mi propiedad durante los domingos.
Cuando alcanzó a reunir cien nacionales, Conrado Weide se instaló por su cuenta. Cada uno de esos humildes billetes se ha convelido hoy en una hectárea de álamos cuyo rendimiento por corte puede calcularse en doscientos mil pesos; y ya lleva cuatro cortes.
La casa abrigada y el barco que explota su hijo completan la historia que Conrado Weide resume en el nombre de su canoa: "Yo he triunfado".
Las exigencias del medio hicieron del colono muchas cosas: quintero, marino, cazador, herrero, mecánico, bolichero. Sometido a las calamidades cíclicas, los repuntes del río y las bajas del mercado, las plagas de las plantas y los incendios de los pajonales, debió erigir sus diques, reparar sus embarcaciones, improvisar los repuestos del Fordson, almacenar el gas de los pantanos que alumbra muchas casas. Miroslao Konecny, checoslovaco, ilustra esa variedad de los oficios: albañil primero, constructor naval después, suele tripular ahora el Luscombe biplaza del aeroclub de Paranacito y divisar la comarca entera de los suyos.
Muchos triunfaron, como Weide, a costa de penurias grandes.
Forzudos, elementales, adheridos a la tierra, algunos alcanzaron la cima de la obstinación, de una locura heroica que provoca las sonrisas de sus descendientes.
–¡Qué gente bruta! –dice con jovial ternura Juan Urionagüena, nieto de los fundadores del Carabelas–. Se pasaban la semana cavando zanjas y serruchando troncos, y los domingos se divertían organizando apuestas para ver quién cavaba más zanjas o serruchaba más troncos.
Uno de aquellos cavadores pasó a la inmortalidad, abriendo a pala los seis kilómetros que separaban al Guazú del Paraná de las Palmas. Por esa vía irrumpió la fuerza monstruosa de los ríos. En la actualidad, la zanja Mercadal da paso a buques de ultramar.
–No es para tanto –se queja otro español, de nombre Murillo–. En el año treinta, yo hice una zanja de
2.622 metros de largo entre el Bravo y el Gutiérrez.
–¿Y qué pasó?
–No agarró corriente –admite resignado.

AMÉRICA NO ESTABA

El 28 de abril de 1945, un oficial inglés encargado de custodiar un puente cerca de Klangenfurt, Austria, se frotó los ojos antes de disparar su ametralladora Thompson contra un solitario tanque alemán que avanzaba sobre sus posiciones. Después comprendió que el paño rojo y blanco que ondulaba sobre el tanque podía ser la bandera polaca.
–¿Polish? –gritó la silueta que asomaba por la escotilla.
–¡Pólnishe! –respondió el tanquista antes de bajar seguido por sus compatriotas Kostic y Mankievicz, los prisioneros rusos Basil y Tripolof, y dos soldados austríacos.
Culminaba así la odisea que para Sigmund Jasinsky, sargento del ejército polaco, empezó seis años antes, un lunes primero de setiembre, cuando ochocientos aviones alemanes taparon el cielo de Varsovia.
Prisionero, fugitivo, capturado, enrolado por la fuerza en la legión Speer, Jasinsky acababa de completar una fantástica fuga nocturna desde Yugoslavia, entre los penúltimos incendios de la guerra. Tres horas después vestía el uniforme polaco y volaba rumbo a Italia.
Sigmund es hoy Segismundo e incluso Sigue-Mundo, como se llama su modesto recreo sobre el Carapachay, donde veteranos de la gran dispersión europea suelen reunirse para contar historias olvidadas, entre vasos de vino e interminables discusiones sobre el "comunismo", que Segismundo denuesta mientras Carola, su esposa italiana, entona Bandiera Rossa entre carcajadas. Algunos de los hombres que acuden allí no tuvieron en el Delta la suerte que ayudó a la mayoría de los colonos.
Pablo Stopfka vino en 1938 con la idea de quedarse un año; trabajó como peón en las quintas hasta que consiguió trabajo en las salinas de La Pampa y pensó que había encontrado América, "porque en ese tiempo usted trabajaste un mes y puedes vivir un año".
Pero América no estaba, al menos para Pablo. Al año siguiente estalló la guerra y empezó una desesperada tentativa por reunirse con su familia, con su mujer.
–Me llamaba y me llamaba. Me escribía: "Venga porque no te escribo más". Y yo quería volver en Europa, pero no se puede más volver. Quizá la idea se fue debilitando entre papeleos, trámites y cartas.
–Consulado checo me llamó; me pregunta: "¿Tienes plata?" No. "¿Tienes para pagar pasaje?" No.
"¿Tienes la mitad?" No tengo. "¿Tienes tercera parte?" No tengo. "Si quieres, vas a ir gratis." Pero yo digo: Mira, yo no voy porque, como no tengo plata, yo tengo vergüenza ir gratis.
Entonces, Pablo Stopfka empezó a viajar por los ríos. A razón de treinta metros por día, un kilómetro por mes, doce kilómetros por año, en una draga del Ministerio de Obras Públicas. En diecisiete años recorrió cuatro ríos: el Espera, el Toro, el Antequera, el Carabelas.
–Ahora llegó "Última Thule" –dice misteriosamente, septuagenario de sonrisa infantil, mientras confía en que el ministerio se digne pagarle la jubilación correspondiente al sueldo de veintiún mil pesos que ha dejado de cobrar.



ADIÓS AL CAZADOR

Si el éxito del colono europeo quedó librado a su estoicismo, el desarraigo del poblador criollo estaba decretado de antemano: nunca pasó por la cabeza de aquellos gobernantes ofrecer al nativo las tierras y los créditos que tuvieron los primeros inmigrantes.
–Aquí había una docena de pobladores, gente nutriera –recuerda el viejo Maeta–. Cuando vinieron estos alemanes tuvieron que irse. Uno o dos quedaron con un pedacito de tierra.
Irse no era todavía una desgracia irreparable en el vasto mundo de las islas. El hombre agarraba su canoa y sus trampas y se mudaba a otro lado. Vinieron, incluso, buenos tiempos para esos nómadas. Por el año veinte empezó a valorizarse la nutria: se pagaba cuatro o cinco pesos por un cuero.
–Hubo épocas –dice un antiguo cazador– en que un ministro no podía ganar lo que ganaba cualquiera de nosotros. Yo he visto a uno matar sesenta y ocho nutrias en una noche, sobre la costa del Pavón. Era una alegría todo, un derroche de plata.
La escasez gradual de la nutria, del lobito y del carpincho trajo las leyes de veda, que una vez más desampararon al hijo del suelo.
De todas maneras, estos son sobrevivientes de un tiempo que se acaba. Sus ranchos subsisten a la orilla de los ríos, sus trampas velan los comederos de las nutrias, sus manos mantean los cueros o engavillan el "unco", pero cada creciente que detiene el trabajo en las quintas, cada helada que paraliza los cultivos, arrastra a las ciudades próximas su marea de isleños. Muchos no vuelven.
–Hacen bien –dice Conrado Weide, colono que fue peón–. Para ganar ochocientos pesos por día en la isla, es mejor quedarse en las fábricas.
Unos pocos hicieron fortuna, tienen barco o aserradero. Pedro Peralta, con almacén en Paranacito y veintiocho hectáreas de quinta, recuerda los duros tiempos en que araba hasta la madrugada, con un tractor Vogler que su mujer engrasaba mientras él dormía.
–No había límite para el trabajo. Hemos hecho campo día y noche, y la mayoría andábamos en pata. Hoy nos quejamos, sí, pero aquello era muy distinto.
El cementerio fluvial de La Tinta ilustra a su modo las dos vertientes del destino en las islas. "Hier ruht in gott", "Hier ruht mein lieber Mann" rezan las prolijas lápidas de mármol de los Wolter, Leutenmayr, Steinhauer, Kirpach, Schüpbch, Backert, con que alternan las cruces de madera de Diego Belasque, Margarito Muñós, Estapio Medina o "los restos de Bicente".
En ese rincón de Entre Ríos, alguien quiso que lo recordaran con dos palitos cruzados y un letrero orgulloso: "Nicolás Acosta, el entrerriano".

Walsh pescando en el río Carapachay


HOMBRES Y BARCOS

El hombre es el bote. Hay nombres de botes o de barcos que terminan por ser nombres de personas, como el viejo Noi, al que llaman así porque así se llama su canoa.
En las riberas de Tigre y San Fernando se alzan grandes astilleros en cuyas gradas crecen buques de ultramar. Pero esos no son los barcos que interesan al isleño.
Lo que se dice un barco es ese perfil chato y tenaz que arrastra casi a flor del agua los trozos de álamo y sauce. Los más pequeños cargan diez o veinte toneladas; los más grandes, arriba de cien.
José Maeta –que era un chico cuando su padre lo trajo a Las Animas, en 1906– pasó cuarenta y dos años a bordo del Feliz Buenos Aires. En ese tiempo, los arroyos se navegaban con botadores o con botes de proa tirando del casco, hasta salir al Río de la Plata, donde se izaba la vela y se agarraban todos los chubascones y los fríos, porque "no teníamos gabina, íbamos sobre la troja, con la soguita". En 1911 le pusieron motor de nafta y, en el '24, máquina grande.
–En el '40 nos salvó a todos de la creciente, incluso a una vaca que teníamos y que subimos a bordo.
"Mochila" se llamaba la vaca, y era un manantial.
A la muerte del padre, José Maeta vendió el barco, pero aún no ¡ se ha desligado de él, de su casco hundido en el Mosquito.
–Cada vez que paso, lo miro y me digo: "¡La pucha...!", porque yo envejecí a bordo... Pobrecito... –agrega como si hablara de alguien.
Otros cascos muertos despiertan la piedad o la fantasía del isleño. En un arroyo ciego sobre el Lujan, un taller en ruinas exhibe, entre la escoria de la marea, el destino final de todo lo que navega: la hierba horadando el hierro del Presidente, el marco de un cuadro sin cuadro enganchado en el cepo del ancla del Tubicha. Por encima de tales pesares, el sol blanquea las tablas de un drama mayor. Nadie sabe qué hace metido en el barro de esa zanja el casco con doble forro de teca de un cúter. Su línea afilada sigue intacta, pero del tambucho de popa surge un ligustro y en la cruceta del aparejo Marconi tiene su nido un hornero.
Entre firuletes de verdín se extingue el nombre del Marylú, y la justicia de los hombres del río ensaya la única explicación posible: –Era de un maharajá.
De estas cosas puede hablarse indefinidamente: del primer vapor que llegó a San Fernando nada menos que en 1826, o del primer barco de hierro que trajo Sagemuller a Paranacito; su nombre era Margot.

Rodolfo Walsh y su amigo Haroldo Conti


LAS PRUEBAS

La marca puede ser una argolla, una muesca en un poste, una raya hecha con lápiz. Es raro el isleño que no haya conmemorado de algún modo la altura que alcanzaron las aguas en 1959.
En marzo de ese año, el hidrómetro de Iguazú empezó a dar señales de alarma: el Paraná crecía. El 29 de abril alcanzaría una altura de 4,92 metros en el puerto de Rosario. Era una marca alta, aunque por sí sola no habría originado mayores dificultades. El 13 de abril, una fuerte sudestada empezó a embotellar en el Delta las aguas del Río de la Plata. Al día siguiente, el semáforo del Riachuelo señaló 3,78 metros sobre cero: una marea regular, superada el año anterior y, sobre todo, en 1940. La creciente y la marea juntas constituían, sin embargo, algo muy serio.
–Al oscurecer –recuerda José Aguinaga, del Carabelas–, el río estaba medio seco. A las dos de la madrugada había llegado a cuarenta centímetros de la puerta, cubriendo los pilotes. Escuchábamos mugir las vacas. A la mañana siguiente no las escuchamos más.
En ese momento empezó a crecer el río Uruguay. El 17 alcanzó una altura inigualada: 17,75 metros. La triple invasión de las aguas tapó durante meses centenares de miles de hectáreas. Los daños fueron enormes, pero diez años después puede afirmarse que la Gran Inundación demostró la irresistible vitalidad de la zona y fijó los límites de sus posibilidades futuras.
–El Paraná es un río manso –sostiene en Tigre Sandor Mikler, fundador del periódico Delta, que treinta y tres años después de su aparición anda por su número 850–. Las mayores crecientes no matan a nadie. No es justa la imagen desastrosa que le crean los periodistas porteños.
El agrimensor Raúl Donaq, miembro de la junta de gobierno de Paranacito, coincide con Mikler.
–La creciente del '59 nos tomó de sorpresa: se llevó hasta el archivo. Pero a veces hace más daño la campaña periodística que la inundación. Así ocurrió en el '66. La gente se asusta, disminuye el valor de las tierras, los precios de la hacienda se vienen al suelo.
Las inundaciones no son la única catástrofe natural que puede acechar al isleño. Las plantaciones de duraznos que hicieron famoso al Delta de principios de siglo casi han desaparecido, arrasados por sucesivas plagas de diaspis y bichos del duraznero. La escaldadura hizo otro tanto con los ciruelos, y una enfermedad desconocida diezmó manzanos, perales y membrillos. Hasta 1967 florecía la citricultura: en junio de ese año,
una helada terrible arrasó montes enteros. Las calamidades no siempre son meteorológicas.
–Yo tenía seiscientas plantas de limones –dice un productor– . Cuando vino la primera helada, le dije a mi señora: "¡Ojalá se sequen todas las plantas!". Al día siguiente salí a caminar: se acabaron los limones.
¡Mejor! Mejor porque yo me libré. Abandonarlos no, pero, si se secaban por mandato de Dios, ¡al diablo los limones!
–Hubo un tiempo en que todos plantábamos formio –explica Luis Corino en el Gutiérrez–. La importación de fibras tiró abajo los precios. Nadie planta más.

Sandor Mikler, fundador del Periódico Delta


PAISAJES EN POLIESTER

En la lancha descubierta, el frío de junio me había cegado a los colores. Después recordé haber visto esos tonos ocres y violetas de las casas, esa luz tierna del atardecer, esa oscuridad de las aguas en el brazo de La Tinta. Pero en Constanza hacía calor; la orilla opuesta se plegaba en terrazas que iban del celeste al gris, sobre la anchura impávida del Guazú. "Es necesario llegar hasta aquí", recordé con Haroldo Conti, "para saber lo que es un río en esta parte del mundo". Olas de casi un metro nos han sacudido en el Bravo; hemos
visto los mimbreras del Seibo, los barcos amarillos de los pescadores en el Ñancay, las relingas brillando al sol, el gris de los álamos entretejido como un gobelino con el verde de las casuarinas, las copas rojas de los pinos calvos. Hemos oído de noche la marejada de los grandes paquetes, mientras los ríos del sueño prolongaban el Delta interminable. En octubre, noviembre, las casas quedarán nuevamente tapadas por el follaje y el perfume arrasador de las madreselvas llevará muy tierra adentro el mensaje de las islas sumergidas en la creciente de la luz.
Los sectarios callan, temiendo quizá el día en que ha de producirse la invasión. Un disparate heredado por los cronistas pretende que el Delta es visitado anualmente por tres millones de turistas. No hay nada de eso. Los dos millones de pasajes que expenden las empresas de lanchas colectivas corresponden a un millón de pasajeros en viajes de ida y vuelta: menos de la mitad son turistas.
El Delta fue descubierto y olvidado. Todos admiten que la década del veinte, hasta comienzos del treinta, fue la edad de oro de los grandes recreos. Bajo un espejo cromado que proclama las bondades de "Deltina, refresco de moda", Manuel Leverone recuerda en el Cruz Colorada aquellos años en que "lo mejor de Buenos Aires" acudía a cenar y bailar. Teresa Giudice, en El Tropezón, evoca con nostalgia los tiempos en que llegaban excursiones de hasta ochocientas personas. La decadencia se acentuó después del '55: algunos la atribuyen al peronismo; otros, a su caída. Solamente Carlos Jahn, dueño de una acogedora pensión en el Martínez, se ha tomado la molestia de compilar estadísticas: las alzas y las bajas coinciden con los períodos de auge o de crisis económica.
–En 1945 –dice–, en esta zona de Paranacito había cuarenta pensiones con más de trescientas camas. Hoy no quedan ni diez, con menos de cien camas.
Las causas intrínsecas de la decadencia son claras: ni las autoridades ni los particulares hacen nada efectivo por el turismo. La desidia empieza por las guías que publican mapas anticuados, con recreos que no existen. Ejemplo: en Puerto Constanza figura como hotel un local ruinoso, carísimo y sin luz eléctrica. No figura una cómoda pensión en la orilla de enfrente.
El boom de las lanchas de plástico ha traído esperanzas. Jahn anota en su planilla cincuenta embarcaciones de ese tipo que llegaron a su establecimiento en los tres primeros meses de este año. –Se están fabricando alrededor de mil lanchas de poliéster al año –nos dice en San Fernando José Canestrari, propietario, con su hermano, de uno de los principales astilleros–. La industria tiene un crecimiento explosivo, sin límites previstos. Cuando llega la temporada, no hay fabricante que pueda hacer frente a la demanda: no damos abasto.
La perspectiva es quizá brillante. Para que se concrete será necesario que no ocurran episodios como éste: después de recorrer en menos de tres horas los 130 kilómetros que separan Tigre de Ibicuy, descubrimos que ni en el puerto habilitado para buques de ultramar ni en el cercano pueblo de Holt (5.000 habitantes) había una gota de nafta.


Las lanchas plásticas fueron desplazando a las clásicas de madera 


EL CAMINO DE LA MADERA

La madera tiene su conversación y su precio, su edad y su medida, que condicionan la vida del hombre y hasta el tamaño de su canoa calculado en múltiplos de dos metros con veinte, que es el largo de un trozo.
Una planta demora de diez a doce años para alcanzar el espesor que permita sacar de cada trozo un porcentaje de tablas de seis pulgadas. Durante ese largo crecimiento, el colono subsiste de cualquier modo, hasta que llega el momento del corte. Si el precio es favorable, realiza en un año la cosecha de diez: el desposeído se transforma en casi millonario. Cuando el mercado está en baja, puede aguantar dos o tres años hasta que los árboles empiezan a tumbarse solos. Entonces hay que cortar, aceptar lo que ofrezcan o dejar que la madera se pudra en la costa.
Hoy, nadie se queja del precio:
–Hay quintas excepcionales, que sacan hasta setecientos mil pesos por hectárea cortada –dice Juan Urionagüena.
Cerca de cincuenta aserraderos elaboran en la zona de Paranacito cajonería de álamo y sauce. Más de cuatrocientas chatas llevan a Tigre y San Fernando sus trojas repletas. La sierras cantean los trozos, las sinfín con rolo cortan las tablas, trabajando a veces día y noche: son, tal vez, los últimos esplendores de una industria que parece destinada a sucumbir ante la competencia de las cajas de cartón corrugado, liviano y barato.



DEL CAMUATÍ AL PAPEL
"Una pasta como papel", dijo Marcos Sastre describiendo el material con que el camuatí fabrica sus colmenas, que ahora, como hace un siglo, cuelgan de las altas ramas de los sauces, al borde de los ríos. No sólo las "avispas reunidas amigablemente", sino también los hombres, habían aprendido entonces a triturar la pulpa de madera: de 1864 data la fábrica de papel de un tal Perkins, y de 1877 la de Juan Alcántara, en Zarate. Esos primitivos talleres presagiaban la planta de Celulosa Argentina, que en el mismo lugar convierte en bobinas la madera de los montes entrerrianos.
–Dos de cinco, uno de siete, uno de seis... –canturrea el apuntador, aplicando una regla medida en pulgadas al diámetro de cada trozo, que deposita sobre el hombro del cargador un peso de cincuenta kilos.
Mil seiscientos trozos llenarán la bodega y la cubierta del Ñato B hasta completar ochenta toneladas. Es una pequeña parte de la producción, que arrasa mensualmente con 140.000 plantas, del total de ocho millones de álamos y sauces que pueblan la isla Victoria. Cuatro ríos –el Uruguay, el Martínez, el Sagastume y La Tinta– cercan esa extensión de 5.500 hectáreas, una tercera parte de las posesiones de Celulosa en el Delta entrerriano.
Unas gotas de verde resaltan sobre la cortina gris de álamos americanos:
–El "musolino" ya no trabaja como antes –explica sin pesar José Gobbi, un italiano que vino en el treinta–. En noviembre se seca la hoja. Formoseños, misioneros, correntinos, que se resisten a abandonar el hacha, apilan sobre los ramales de la vía Decauville los trozos que ha de llevarse la motozorra. Entre tanto, de cualquier rincón del bosque surge el ruido curvo que puebla las mañanas del Delta desde el Santos Grande hasta el Caraguatá, desde el Seibo al Talavera y más arriba.
"Un millón de hectáreas plantadas" es el ambicioso lema del Consejo de Productores Isleños, mientras la débil conversación que durante décadas llenó el tedio de los viajes en las lanchas de Galofré se alimenta ahora con vastos proyectos de fábricas de celulosa y papel diario, donde se entremezclan el BID, la Banca Rotschild y una soñada catarata de millones de dólares.
Hemos visto la desolación de Puerto Constanza, donde no queda un palo para amarrar una lancha junto al muelle de cemento que antaño recibía el ferry-boat; la ruina de los elevadores de granos en Ibicuy; la eterna soledad de Lechiguanas. Pero el Delta es grande y obstinado como el inmenso río que lo hace y lo deshace.
–Esto va a cambiar el pueblo –dice Raúl Donaq depositando la mano de la confianza sobre los generadores Mann y Koerting de la nueva usina de Paranacito.
–Vuelva dentro de dos años –sonríe Emilio Gramlich, que se propone cambiar nada menos que la navegación con sus chatos pontones de hierro, capaces de sacar madera de las zanjas con quince centímetros de agua: ya ha construido sesenta.
Para todos estos hombres, la futura grandeza del Delta es una evidencia. Lo es también para Marcelo Mamey y Luis Corino, que se pasaron diez años perfeccionando una nueva zanjadora que triplica el rendimiento de las importadas. O para Alfredo y Domingo Domeñani, que se proponen convertir el Canal del Este en una nueva versión de Miami, urbanizando seiscientas hectáreas divididas en cinco mil lotes.
El espíritu de los pioneros parece revivir en las islas:
–Yo puedo manejar la vela –dice Carolina de Seybold.
–Podías –le recuerda su hija.
–Quién sabe si no puedo todavía.



EL DELTA EN CIFRAS

Se sabe dónde termina el Delta del Paraná, pero es difícil decir dónde empieza. La mayoría de los turistas conoce un triángulo limitado por el Paraná de las Palmas y el Lujan, con vértice en Campana: es una sexta parte del Delta bonaerense. Los pescadores deportivos frecuentan un triángulo que incluye al anterior, limitado por el Paraná de las Palmas y el Guazú, con vértice en San Pedro: abarca alrededor de tres mil kilómetros cuadrados, pero aun esta enorme extensión de ríos y de islas es apenas una séptima parte del más alto de los totales estimados para el Delta. Al norte del Guazú, y del Paraná a la altura de Baradero, el Delta es entrerriano. Algunos sitúan el límite sobre el Uruguay en la boca del Gualeguaychú, a 150 kilómetros de Tigre en línea recta; otros, en la boca del Ñancay, a 100 kilómetros. Hay quienes incluyen las zonas anegadizas del predelta entrerriano y quienes las excluyen. Todos se han puesto de acuerdo en fijar como vértice noroeste del Delta al puerto entrerriano de Diamante, situado a 533 kilómetros del puerto de Buenos Aires, por vía fluvial. Aunque allí tampoco terminan las islas, las diferencias apuntadas bastan para darnos tres estimaciones radicalmente distintas sobre la superficie del Delta, que van desde los 7.250 hasta los 21.000 kilómetros cuadrados (Sociedad Argentina de estudios Geográficos). En esta superficie, equivalente a la de la República de El Salvador, vive una población isleña estimada en 35.000 habitantes. Para encontrar una densidad más baja hay que descender a los desiertos patagónicos. Por supuesto, Paranacito y el Delta turístico están mucho más poblados, pero, a medida que uno se interna en la zona de las Lechiguanas, la sensación de páramo se vuelve casi abrumadora: un tramo de 435 kilómetros cuadrados, correspondiente a la carta geográfica del río victoria, registraba en 1964 una familia cada diez kilómetros cuadrados. En la carta, otro sector del arroyo Lechiguanas –el situado frente a Ramallo– aparece poblado por una tapera, seis tinglados y un solo edificio para 280 kilómetros cuadrados. Si se considera que la margen derecha del Paraná, desde Rosario hasta Campana, es una de las zonas más industrializadas del país, se comprenderá el obstáculo que hasta ahora ha representado el río, y la esperanza con que el Delta y el sur entrerriano aguardan el puente sobre el Paraná en Brazo Largo. Nacido hace 150.000 años, el Delta no ha terminado de crecer, desalojando en su avance al río de la Plata a razón de 70 metros por año. Los sedimentos que acarrea el Paraná forman lentamente nuevas islas. Pero el gran albañil del Delta es el río Bermejo, que aporta las dos terceras partes de los 150 millones de toneladas que el Paraná arrastra anualmente.



El Consejo de Productores Isleños estima en un millón de hectáreas la superficie cultivable o forestable. Sólo una décima parte de esa extensión está cultivada o forestada: son las orillas altas o albardones. Sandor Mikler, asesor del Consejo, opina que desde el punto de vista forestal no hay tierras altas ni bajas: se trata de plantar en cada lugar la especie adecuada. Si esto fuera así, el Delta sería, potencialmente, una de las zonas forestales más ricas del mundo. Todo lo que pueda decirse o escribirse sobre el Delta será poco. Lo componen más de quinientos ríos, con una longitud total superior a la del propio Paraná. La comunicación fluvial triplica las distancias. Aun con el más moderno medio de transporte –una lancha Avan 440 con motor dentro-fuera de borda, de 100 HP, facilitada generosamente a Georama, por el astillero Canestrari–, en ocho días de navegación, los autores de esta nota apenas se asomaron a ese mundo.

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