sábado, 15 de febrero de 2014

"El arte de viajar" - Reflexiones sobre el turismo sustentable - Por Alejandra Losada


Reflexiones
EL “ARTE DE VIAJAR” por Alejandra Losada
Recuerdo cuando venía a la isla como turista a principios de los noventa, era una citadina en busca de algo diferente. No tenía casi contacto con la naturaleza, más que el de haberme criado en un lugar con espacio verde e ir a tomar mate a un gran parque de la ciudad. Lo que brindaba el Delta en aquella época era NADA, solo la posibilidad de alquilar la casita de algún isleño de tradición. No había luz, por lo tanto no contábamos con ventiladores o aire acondicionado. Tampoco con electrodomésticos, estufas eléctricas, celulares, computadoras, Wi Fi y el equipito de música andaba a pilas. Evitábamos, rebobinar el cassette porque éstas se gastaban rápidamente. Del barrio de “turistas” mi casa era la única en la que había una heladera a gas que era la enfriadora oficial de todo el lugar, ya que todos dejaban las cosas para conservar o para que simplemente se mantuvieran “al clima”. Tener una cerveza fría era tocar el cielo con las manos. Los tules de colores sugestivos adornaban las camas. Esperábamos poder descansar con la brisa y el fresco nocturno y mañanero propio de la isla. Los inviernos pasaban con la compañía de una fogata, un buen tinto, guitarra y amigos...la lectura, la pintura, el descanso y la contemplación del río yerbeando con una amiga o un vecino. Todo esto hacía que el fin de semana se tornara perfecto.
¿Aventureros, locos…? No, era simplemente el deseo de querer transformar, tal vez, algo de nuestras vidas. La idea de explorar el lugar, de ir aquerenciándose, de aprender de sus costumbres, de observar, de escuchar, de ser respetuoso y de compartir eran los puntos esenciales para conectarse con la “Gran Madre”. Comencé a entender y comprender que la isla me estaba dando TODO. Todo lo que yo estaba necesitando para conocer y disfrutar sin dañar. Este sitio fue tan generoso que tiempo después me abrió las puertas para quedarme como si sintiera que era mi lugar en el mundo, ofreciéndome con sencillez todo lo que necesitaba.
            Desde hace algunos años he notado que Tigre y el Delta (que son cosas diferentes) sufrieron una transformación turística, con pretensiones de convertirse en el Miami argentino. Lugar ideal para vivir, vacacionar o hacerse una escapadita de fin de semana. Lamentablemente lo que se ofrece nada tiene que ver con el Delta, o sea, con las características propias del lugar, convirtiéndolo en un falso paraíso que no existe naturalmente. Proyectos peligrosos, destructivos y superficiales, desde los movimientos de tierra hasta la lenta desaparición de su forma de vida que hace a la cultura lugareña. Las ofertas turísticas son muchas, variadas y depredadoras, a veces, cómplices de este cambio que poco tiene que ver con el cuidado del medio ambiente pero si con el verde de los billetes. Se trata de construcciones con endicamientos altísimos, lagunas artificiales, desvíos de cauces de los ríos, exceso de edificaciones (cabañas, complejos, casas) en terrenos pequeños, uso irresponsable e indebido de la energía eléctrica (aires acondicionados, estufas, reflectores, etc.). El arroyo o el río ya no es el lugar para nadar, bañarse o refrescarse, ahora hay que ofrecer playa y piscina con aguas claras purificadas al igual que en las duchas y en los baños. Parece ser que el barro y el color del agua ya no es propio de nuestro lugar…¿perdón hay jacuzzi?, pregunta la gilada, inducida por la bajada de línea institucional.
En cuanto a los microemprendimientos, muchos también responden a un plan ridículo y ficticio a la hora de ofrecer el lugar. Hablan de: “contacto con la naturaleza” y de un “edén ideal para el descanso y la tranquilidad, en absoluta armonía”, cuando en verdad lo que “venden” son casas amontonadas, sin intimidad, contaminación sonora, perreríos en busca de asados y nadando atrás de las piraguas, gente pescando sin saber por qué, tirando alguna que otra basura al río, como el envase de la gaseosa que acaban de consumir o el paquete de cigarrillos vacío. Los usuarios utilizan parques y muelles vecinos propiedad de otra gente con tradición en la isla. También proponen una gran variedad de “actividades armadas” para que el visitante no se aburra, no piense ni transite el contacto verdadero con el lugar. Al final hay tantas cosas ofrecidas que ni el lugareño, si es tomado como referente y creador de esta forma de vida, sabe de qué se tratan. Pareciera que todo gira en torno de la propia conveniencia sin tener en cuenta el medio ambiente, el comercio justo y el respeto por lo socio cultural.
            Falta destacar el tema de la navegación que, sobre todo por estos días, es violenta e invasiva. Tanto las grandes empresas como las lanchas de turistas parecen haberse olvidado de las responsabilidades de una navegación respetuosa. El único objetivo parece ser el de llegar más rápido a su efímero destino. Para el isleño es imposible movilizarse durante los fines de semana, más aún cuando debemos transitar por ríos como el Sarmiento, Carapachay, Capitán o Abra Vieja, muchas veces huyendo de la Prefectura por no tener la documentación original en regla. Los lugareños quieren volver a recuperar sus ríos, recorrerlos con tranquilidad como es su costumbre y no esperar al día domingo por la nochecita para que eso suceda. No sirve resignarse y esperar a que el fin de semana pase para poder recobrar la tranquilidad. Hay que preservar lo que tenemos y esto implica UN CAMBIO DE MENTALIDAD.
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      El turismo SUSTENTABLE, RESPONSABLE O SOSTENIBLE se basa en que las comunidades y los paisajes no sean simplemente objetos de consumo, sino instancias de intercambio. Este tipo de turismo es de bajo impacto, a pequeña escala, protegiendo los recursos naturales, la diversidad biológica e incluyendo el aspecto socio cultural, las costumbres y formas de vida. Conocer, aprender, más que consumir, desechar y olvidar. Se trata de una actividad comercialmente viable que trae beneficios para la comunidad en donde se inserta, procurando que sus réditos no queden solo en una sola persona, sino que se expandan hacia todos los sectores involucrados.
            Un turista responsable contrata a  operadores responsables, muchas veces isleños que intentan desarrollar esta “novedad” y que no necesariamente están “habilitados” ni son fomentados. Se fija que el lugar en donde se hospeda sea consciente del cuidado energético, del uso del agua, de la calefacción o del tratamiento de los residuos y observa que la relación comercial con las comunidades locales sea justa. También es aquel que busca conocer y adaptarse a la sociedad o al lugar visitado, conociendo sus códigos y sus normas para NO INVADIR NI INTERFERIR con su desarrollo y poder intercambiar experiencias desde el respeto y la comprensión. En el “arte de viajar”, el nuevo viajero (no turista) trata de ir abierto, respetuoso y permeable a lo diferente. Y de todo esto hay muy poco. Comencemos a trabajar en serio



2 comentarios:

  1. En principio, nadie debería estar en contra de la mayor parte de las cosas que dice este artículo. Sin embargo quiero prevenir contra los paraísos perdidos.
    A fines de los cincuenta tener un bote para un adolescente era poco menos que una utopía. Ni hablar de algo con motor. Por esa época, antes del advenimiento del hipismo, la isla era de los isleños, de algunos señores feudales, de aventureros y parejas en segundo matrimonio con ganas de vivir lejos de los convencionalismos de la ciudad y de minorías perseguidas por diferentes cuestiones. Por ese tiempo, también, los pájaros eran poco más que blanco para rifles de aire comprimido o 22 y la basura, la mayor parte de las veces, se revoleaba al río.
    En los sesenta se acercan los jóvenes del flower power. Todavía hoy, los viejos isleños de clase media, desprecian a todo joven que pretenda vivir de otro modo, teniendo en cuenta que ellos mismos luchan toda la vida para seguir modelos opuestos, los de clase media baja que vende la televisión. Para verificarlo basta ver sus hábitos de consumo.
    Respecto a cómo avanzar en la solución de la posible decadencia, por no decir muerte, del humedal que todos queremos, no hacen falta conceptos generales sino procedimientos y acciones concretas.
    En ese sentido se me ocurre que hay tres problemas fundamentales que deben ser resueltos lo antes posible.
    1. Los emprendimientos inmobiliarios, en contra de los cuales estamos todos, casi sin distinción.
    2. La necesidad de cloacas y agua potable.
    3. Y el control de las mascotas, que son las culpables de la extinción de la fauna autóctona. (Obviamente no son los animalitos en sí, sino los humanos que les permiten depredar)
    Lo que no quiero es que los métodos que se usen para el control del comportamiento de los turistas terminen en una serie de reglamentaciones que concluyan, como siempre, dejando hacer lo que quieran a los que pueden pagar en relación a los que no pueden hacerlo. No se trata de limitar el número de turistas por ningún método, todo lo contrario, se trata de poder aceptarlos sin que ni el ambiente ni los habitantes "paguen el pato".

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    1. Me parece Sr, Emilio, que culpar a las mascotas de la extinción de la fauna autóctona o bien denota una gran ignorancia de su parte o un particular desprecio por las mismas, que de echo, ya son fauna naturalizada de las islas, como así también lo referido a "cloacas" y Agua potable. Soluciones propias de un citadino, cuando se debería aplicar las leyes ya existentes para evitar la contaminación proveniente del Río Reconquista donde 4 millones de humanos defecan sin tratamiento previo directamente en el río mientras que en las islas no hay mas de 10.000 almas y muchos tienen su pozo ciego y lecho nitrificante. Ud. está atacando los problemas por el lado totalmente equivocado, como así también suponer que el ambiente no tiene límites para soportar cualquier número de Turistas es pensar que la tierra es "de goma" y se banca cualquier barbaridad.

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